Bajar al garaje a las ocho menos diez de la mañana con la cabeza invadida por mil pensamientos, pasar primero por la gasolinera y llenar el depósito, decidir camino de la oficina que hoy le dirá a su jefe que no está dispuesta a cargar con el trabajo de nadie más y que ya es hora de que contraten a alguien que la ayude en el departamento, verse frente a él, claudicar y admitir que no será capaz una vez más de defender sus derechos, desayunar con María y ponerse al tanto de lo que ha ocurrido durante la semana en veinte minutos, comer con mamá y pedirle que sea un poco más positiva, volver al trabajo y asistir por la ventana al ocaso del día mientras ella pierde su vida ante papeles inútiles, hacer la compra del mes, meter el coche en el garaje, percatarse de la presencia de un golf plateado lleno de polvo en la plaza cuarenta y cuatro que a juzgar por su aspecto debe de llevar ahí muchos días, cenar una ensalada, hacer zapping, dormir.
Bajar al garaje a las ocho menos diez de la mañana, mirar hacia el golf en un acto involuntario, observar los retrovisores vueltos hacia las ventanillas, llegar a la oficina, desear un cambio de trabajo, celebrar a las dos el cumpleaños del jefe, comer con mamá poco porque ya ha picado antes y pedirle que no se preocupe por sus hijos que ya son todos muy mayores, tener la tarde libre y perderla viendo tiendas y comprándose una chaqueta que no necesita, meter el coche en el garaje y volverlo a ver, fijarse en la matrícula compuesta por BU, un guión, cuatro números, otro guión y una W, caer en la cuenta de que es bastante nuevo y darle vueltas a qué le habrá sucedido al dueño, cenar pizza casera, hablar con Miguel y ponerse muy mimosa, pedirle que venga ya, que no espere hasta el viernes, dormir soñándole al lado.
Bajar al garaje a las ocho menos diez de la mañana, ver que alguien más que ella se ha percatado de la presencia del coche abandonado, leer sobre la capa de polvo que cubre la luna trasera (todo él está bajo un manto de partículas grises) una pregunta indiscreta que ese alguien ha lanzado a su propietario: ¿ESTÁS ENFERMO?, subir la rampa dándole vueltas a que quizás esté enfermo o, mucho peor, que quizás esté muerto dentro del coche o bajo tierra, qué sabe ella, pedirle el jefe que vaya a trabajar por la tarde cuando sólo tiene que ir una tarde a la semana y ya fue, comer con mamá y animarla a que salga a dar una vuelta con sus hermanas aunque tenga que abrigarse porque hace mucho frío, trabajar por la tarde, comprar una colonia de marca para el cumpleaños de mamá, guardar su coche, verlo de nuevo ahí, inmóvil, escondiendo alguna terrible desgracia: una enfermedad, un fallecimiento, o el miedo a conducir después de haber sufrido un accidente traumático, darse un baño en casa, leer un poco, hablar con Miguel y comentarle lo del coche, sugerirle Miguel que se duerma y que deje de decir bobadas.
Bajar al garaje a las ocho menos dos minutos, verlo de refilón antes de subir la rampa y pensar que ya es jueves, desear que finalice esa mañana interminable, comer con mamá, celebrar solas su cumpleaños y acompañarla a recoger los resultados de una mamografía, recibir la noticia de que tiene microcalcificaciones en la mama derecha y de una inevitable intervención quirúrgica, dejarla en casa, no poderse hacer a la idea de la vida sin mamá, llamar a María para no darle vueltas a la cabeza, cenar un kebap, hablar del trabajo, de la mama de mamá, del coche abandonado, tomarse en el Raúl un café con leche y dos chupitos de whisky, conducir bastante mareada, dejar a María en su casa y el coche en la calle por miedo a llevarse una columna, acostarse sin limpiar la boca.
Lavarse los dientes, beber dos vasos de agua y desayunar copiosamente, bajar a las ocho menos cinco y arrancar el coche tras varios intentos, aguantar que el jefe le insinúe que hoy se ha puesto guapa porque viene su maromo, pensar que es un cerdo gilipollas, seguir trabajando hasta que las manillas del reloj alcanzan las tres en punto, comer con mamá y recordarle que el sábado y el domingo no pasará a comer con ella porque viene Miguel, salir de su casa con la carga de saber a mamá abandonada, tomar un café en el horrible bar de la horrible estación de autobuses, verle bajar con el pelo despeinado, una barba incipiente y sus ojos verdes tan grandes, besarse en el andén como dos críos, irse a casa y meter el coche en el garaje por el riesgo de helada, enseñarle a Miguel el golf abandonado, acercarse Miguel hasta la puerta y mirar el interior por la sucia ventanilla del conductor, decirle a ella que no ve ningún fiambre, encargar comida en un chino, encontrarse en la cama y dormir, después, muy abrazados.
Despertarse pronto, desayunar zumo de naranja, café con leche, muesli y tostadas con mantequilla y mermelada de mandarina, decidir que se van a pasar el día fuera de Burgos, bajar al garaje hacia las diez y media, dirigirse ella a su coche y Miguel al golf, preguntarle qué se propone, ver a Miguel abrir la puerta con su navaja multiusos y quedarse sorprendida ante esa habilidad para ella desconocida, decirle de nuevo qué pretende, verle entrar dentro del golf, sentarse en el asiento del conductor y abrir la puerta del copiloto invitándola a ella a entrar, decirle que no quiere pero aproximarse y acceder al interior sintiendo que está haciendo algo así como profanar una sepultura, decirle Miguel que no sea ridícula, asistir perpleja a la búsqueda de cualquier cosa, encontrar en la guantera una estampa del Santo Cristo de Burgos y, pendiendo de una cadena enganchada al espejo retrovisor interior, una bolita de billar número ocho, oír que se abre la puerta del garaje y salir los dos del golf, pasar el día en Lerma, Covarrubias y Santo Domingo de Silos, no querer meter el coche en el garaje por una especie de miedo que no comenta con Miguel, bañarse juntos, cenar viendo la tele, elucubrar acerca de los motivos que pueden llevar a alguien a abandonar un coche nuevo, acostarse pidiéndole a Miguel que no insista, que está muy cansada, quedarse despierta, a pesar de su cansancio, en la oscuridad de la noche.
Despertar con los besos de Miguel y darle lo que busca, decirle que no le apetece nada que sea domingo y que quiere que se venga a vivir a Burgos, discutir acerca de los inconvenientes que él ve en trasladarse aquí sin trabajo, reproducirse en ella la sensación de que no van a terminar juntos nunca, expulsar la maldita sensación de la cabeza para no fastidiar sus últimas horas con él, dar un paseo hasta el camping de Fuentes Blancas, ver al imbécil de su jefe con su mujer y evitar su saludo, preparar comida en casa, zanganear en el sofá con el periódico y con la televisión encendida, sentir el corazón hacerse jirones según va anocheciendo y se acerca la hora de que él se vaya, levantarse Miguel a preparar la maleta y ponerse ella a sollozar en una reacción incontrolada, abrazarla Miguel y decirle que dentro de nada estarán juntos otra vez, saber que para ella eso resulta insuficiente y no encontrar mucho sentido a vivir así, sugerirle Miguel que si quiere se va en un taxi, pedirle que espere, que ella le lleva, dejarle en el autobús, llover dentro de su alma y sobre el parabrisas del coche al mismo tiempo, meterse con la vista enturbiada en el garaje, no ver el golf y cortársele violentamente el llanto, saber que no quiere estar ahí dentro, salir del coche, no conseguir encender la luz del garaje por causa de un fallo eléctrico o porque está muy nerviosa, temblarle las manos y tratar de orientarse hacia la salida, abrirse la puerta del garaje a sus espaldas, volver la vista y ver el golf con todas las luces encendidas descender velozmente por la rampa, maniobrar bruscamente hacia ella estática y aterrorizada, y abalanzarse sobre ella con la bolita de billar número ocho moviéndose violentamente de un lado hacia otro, salir por los aires y caer destrozada sobre un capó porque las tumbas no deben ser profanadas, avanzar el golf lentamente hacia la plaza cuarenta y cuatro, apagarse las luces del golf y hacerse en el garaje un silencio absoluto.
11 de febrero de 2003
El coche (Publicado en la revista de creación Palabras diciembre 2004)
Locuras (Publicado en la revista de creación Palabras febrero 2005)
Mamá está fuera. Se ha ido con su amiga Hilaria a uno de esos viajes que organiza el Estado para conseguir los votos de la gente mayor. Llegará mañana. No me importa. Llevo un año sin verla y todavía necesito un poco más de tiempo para aclimatarme a este entorno, que se me hace tan lejano. Todo va a ser mucho más fácil sin mamá interesándose por mi vida, preocupándose por mi excesiva delgadez y sirviéndome en el plato un poco más de comida que, a buen seguro, no querré. Asomarme al portal de la casa de mamá, y de mi casa de niña, me ha empujado con violencia a mi vida allí. Este espacio común y abigarrado resulta un engendro de mal gusto. Tiene tantos sellos personales como juntas de vecinos han decidido sobre él durante varias décadas: plantas artificiales, espejos, mármoles, y hasta un altar al Sagrado Corazón de Jesús. Además está lleno de rincones muy hospitalarios para cualquiera que desee esconderse y pegarte un buen susto, en el mejor de los casos.
Mamá vive en un primero. Excepcionalmente utilizo los ascensores. Por esa falta de costumbre, o porque usarlos me parece como jugarse la vida en una ruleta rusa, es por lo que todavía, a estas alturas de mi vida, me sigue resultando desagradable entrar en esos cubículos estrechos y agobiantes. Te dejan suspendida en el aire por unos segundos o te lanzan al vacío, depende de tu suerte. Hoy he prescindido una vez más de ellos y he llegado al hall del primer piso con el cansancio de llevar veinte kilos de maletas a pulso. Enfrente de la puerta de casa, y de espaldas al resto del universo que conforma este portal, he empezado a sentir tras de mí la oscuridad que se agolpa en el tramo de escalera que asciende al segundo piso, ese lugar que mamá calificó tantas veces como peligroso cuando yo era pequeña. He girado la llave dos veces, he cogido las maletas y he entrado azorada sin volver en ningún momento la vista hacia arriba. Ya dentro, ha regresado a mí la sensación de seguridad que en el pasado he sentido tantas veces de ese lado de la puerta.
Usted estaba ahí
Aún la recuerdo. Al principio, cuando vivían con usted su marido y su hijo, no parecía que estuviese enferma. Conmigo siempre era cariñosa, me daba caramelos (mamá no me los permitía comer) y me dejaba acariciar a su perrita Yáser. La muerte de su marido y la boda de su hijo (sé que su nuera nunca le gustó) empezaron a internarla en una realidad de la que sólo usted tenía las claves y que resultaba inaccesible para los que la rodeábamos. Cuando la pequeña Yáser apareció muerta en el patio se confirmaron todas las sospechas: la locura se había instalado en su cabeza y, por extensión, en el segundo piso, donde usted vivía. A partir de aquel momento las vecinas comenzaron a hablar sin reservas de las rarezas que le habían observado. Mamá le contó a Margarita que, en más de una ocasión, la había escuchado por el patio amenazar a Yáser. Sí, digo bien, a Yáser. Usted le decía a la perrita que acabaría tirándola por la ventana si no le dejaba de repetir que matara a su hijo y a su nuera.
Poco a poco usted se fue encargando de mostrarnos el extraño mundo que había invadido su cabeza, y yo empecé a estar atenta a sus señales. Algunas noches las conversaciones que mantenía con los singulares invitados que poblaban su salón acompañaron mi silencio y me adormecieron. Otras me despertaron y me hicieron aparcar el sueño para no perder el interesante hilo que las enredaba. Pero, de entre todas ellas, las que no olvido fueron las lunas en que la encontré esperándome en la oscuridad del descansillo del segundo piso con una vela humeante iluminando su mirada perdida. Ésas fueron memorables, ¿las recuerda usted? Qué angustia me oprimía el alma hasta que lograba traspasar la puerta de la casa de mamá. Verla bajar a toda prisa el tramo de escalera que nos separaba en ese escenario tan tétrico me resultó siempre demasiado amenazante. Nunca me acostumbré, a pesar de sus inocentes intenciones. Pero ¿qué más le daba saber el tiempo que hacía fuera si en los días de frío cubría su desnudez con un fino camisón y en los de calor ardía bajo cualquier abrigo de colores?
Casas encantadas
En la casa de mamá el tiempo no pasa. Parece que todo esté cubierto por un suavísimo manto de calma: los muebles, los cuadros, las cortinas, cada detalle en el mismo sitio. Incluso los que hemos vivido aquí parecemos afectados por esa misma quietud. Aunque nos hayamos ido unos días, un año, o una vida entera, seguimos pululando por entre estas paredes. Por eso, al regresar de cada ausencia, me cuesta abrir las puertas que dan paso a las habitaciones. Segura de que voy a verlos, a papá, a mamá, hasta a mí misma, no quiero encontrarme con nada imprevisto, con nada que no conozca ya. A veces me ha pasado, por eso tomo mis precauciones. En mi habitación siempre me espera. Pequeña niña rubia que, ajena a la vida que la aguarda y de la que no tiene escapatoria, juega sobre el suelo con un mono de trapo verde. Qué inocencia. ¿Y qué decir del salón? Casi siempre están ahí. Son ellos, tan jóvenes. En algunos momentos, cuando han reparado en mí, me han sonreído y ella me ha dado un beso o me ha acariciado la cara. Qué felices parecen. En cualquier caso, donde no voy a entrar esta vez es en la habitación de papá. No antes de que venga ella. No quiero apreciar ni un solo detalle nuevo, no quiero verle encamado ni una sola vez más. La casa envuelve tantos recuerdos. Estoy cansada del viaje. Voy a cenar un poco y me acostaré. Mañana será otro día, mañana viene mamá.
No sé si es el calor que se cuela por las ventanas abiertas, o que me he desacostumbrado a este jergón, pero es más de la una y no he conseguido conciliar el sueño. Usted tampoco colabora nada en mi descanso. ¿Dónde está ahora? No la siento. El año pasado era especialista en adivinarla, pero no sé si habré perdido esta destreza que fui adquiriendo a fuerza de sufrirla. Ah, ya caigo. Le encanta jugar al despiste, ¿verdad? Luz de la cocina apagada, televisor a todo volumen, ¿me quiere hacer creer que está en el salón? Estoy preparada. Sé que está usted en el descansillo y sólo voy a decírselo una vez: “Señora Rosario, es muy tarde. Deje de llamar al timbre, por favor. No voy a abrirle, no soy mamá. No son horas para andar por el portal, ni para enredar en casa de nadie. Suba y no me haga enfadar”. Vaya. Ha sido efectivo. De todos modos, aunque no se hubiera ido, no pensaba abrirle. Creo que no me haría nada, pero soy tan poco valiente para enfrentarme cara a cara con la locura. Y ahora, ¿qué quiere? “Señora Rosario, deje de llamar al teléfono. Mamá debió de decirle que faltaría unos días, ¿no? Trate de dormir, o de hacer menos ruido. Acabo de volver de viaje y estoy agotada. Necesito descansar.” En cuanto llegue mamá le diré que debemos hacer algo. No ha parado en toda la noche. Además, ¿qué estará tirando por la taza del water? La cisterna no ha dejado de sonar. Deberíamos decirle a su hijo que la interne en algún sitio o acabaremos perdiendo la cabeza todos. ¿Ya es de día? Por fin le ha llegado la calma. Tengo unas horas antes de ir a buscar a mamá.
El reencuentro
-Mamá, estás muy guapa. También usted, señora Hilaria. ¿Qué tal lo habéis pasado?
-Muy bien, hija, muy bien, luego te contamos. Tú estás delgadísima. ¿Acaso no te han dado de comer en esa universidad? ¿Cuándo has llegado, cariño? Te quedarás todo el mes, ¿verdad?
-Sí, mamá, todo agosto. Quizás algún día vaya a visitar a Laura a Oviedo. Si te apetece me acompañas.
Realmente mamá estaba guapa. Setenta y cinco son bastantes años, y, aunque ya he vivido la muerte de papá, me sigue costando imaginarme el mundo girando sin mamá en él. No sé, a veces por eso tomo opciones que me alejan de ella. Islandia está suficientemente lejos como para sentirme sola, como para tratar de acostumbrarme a sobrevivir sin mamá.
-¿Y dónde me ha dicho tu madre que has estado?
-En Islandia, dando clases de español.
-Pero hija, ¿se puede saber quién puede querer aprender español en ese sitio? ¿No podías haberte ido más lejos?
-Sí podía, Hilaria, pero había otras personas por delante.
-No le des ideas, no le des ideas, que ya se le ocurren a ella sola.
-Bueno, ¿y para cuándo vienes a vivir con tu mamá?
-Tengo un año más allí, y luego ya veremos. Iré a donde salga trabajo. Además no sea usted antigua, Hilaria. Mamá está muy bien sola y se habrá acostumbrado a moverse por la casa a su aire. Estoy segura de que tras un año sin mí, mi sola presencia la alteraría. Por cierto, mamá, hablando de casa, lo de la señora Rosario es serio.
-Sí, hija, sí lo es. ¿Quién te lo ha dicho?
-¿Quién me ha dicho el qué?
-Al final no se sabe si fue un infarto o un suicido en un momento de lucidez, pero sea como fuese ya descansó. Llevaba un año completamente loco, y nunca mejor dicho. Cuando no era la policía era la ambulancia, y cuando no, la asistente social. Cada semana un susto. Hasta su hijo tenía miedo de acercarse por casa. No te digo más que le hizo un corte en un brazo con un cuchillo de cocina y a los vecinos nos había amenazado con darnos una sorpresa.
-¿Qué sorpresa?
-Abrir el gas y salir todos volando.
-Por Dios, qué miedo.
-Sí, Hilaria, ha sido tremendo. Ya hace por lo menos tres meses que la enterramos en el cementerio de Las Contiendas.
-Mamá, no puede ser.
-Ya lo sé, hija, pero es.
-Te digo que no puede ser. Te digo que no puede ser porque...
-Lo sé, hija, no digas nada. Has dormido mal esta noche, ¿verdad?
-Sí, como antaño, como cuando ella...
-A mí también me pasa algunas noches. Hay a quien le cuesta irse. ¿Nunca lo has oído? La señora Rosario es una de ellas. Anda, cariño, ayuda a Hilaria con la maleta, que ya vamos para viejitas. Me alegro de que estemos juntas de nuevo, y me has de prometer que vas a comer. Esos islandeses no te van a conocer cuando vuelvas.
-Claro, mamá, claro.
11 de junio de 2003
CUENTO AMIGO. Conexiones (Publicado por Enrique Cuesta en la revista Plaza de San Juan nº 27/Junio de 2006)
La tarde anterior le habían dado a firmar un papel serio y sellado en el que leyó que prescindían de su presencia. Incluso prescindido de su presencia, el miércoles uno se despertó a la hora, aunque no se levantó. Dio tres vueltas y otras tres, puso la radio, la quitó, dio tres vueltas y tres más, puso la radio, la quitó, y a eso de las diez y media paseaba en pijama por su piso, que era un piso con los cuadros bien colgados y la ropa sin doblar.
Preparó la cafetera de ración y se fue al ordenador, como si un miércoles uno fuese un sábado cualquiera. En el ordenador, como un sábado cualquiera, encontró siete e-mails: tres de alargue su pene, dos de reduzca talla, uno de cancele sus deudas y uno con un archivo adjunto punto zip que tenía una pinta muy mala. Los borró todos y volvió a abrir el de la tipa que no firmaba y que seguramente conoció en alguna empanada tarde de chateo y él no se apañaba para identificar. Ahí leyó de nuevo que era un tonto por no dejarse querer, y ya burbujeaba la cafetera. La ID de la chica era amoramoramor.
Por suerte el café es de esas cosas que a uno le dan ganas de despertarse, qué sería sin cosas como ésas para ir tirando días, semanas, meses y años, incluso tan prescindido de su presencia como ya andaba, algo canoso, algo calvo, algo gordo, algo morcillón y algo fastidiado de las vértebras. Ya no son edades para andar tan prescindido, pensaba sin querer mientras sujetaba el tazón naranja con una mano y agarraba con la otra la caja de pastas. Desayunar en el escritorio era también cosa de sábados o domingos, y nunca de miércoles uno por lo general.
La fuente de alimentación de su ordenador no era de muy buena calidad y tenía ya día y hora, pero ese día y esa hora eran después de que él leyese una carta escrita sobre ese teclado, una carta de la mujer que ahora vivía en otro piso en el que él había vivido bastantes años con ella. Cosas de la vida, él aún no la había encontrado porque estaba escondida en una carpeta de archivos de programa. Como se ve, su mujer había sobrevalorado su inteligencia, o al menos la diligencia de su inteligencia. Es cierto que la soledad, relativa soledad de prescindido, lo había hecho perezoso y un poquitín displicente, sobre todo consigo mismo. Un ángel de la guarda ponía el dedo en la fuente de alimentación cada vez que había una fluctuación de voltaje, y crean que eso sucedía un tanto a menudo. Esto él no lo sabía y abrió la caja de pastas, que estaba por la mitad.
Sólo entonces reparó en que a su derecha hacía un sol precioso. Y reparó porque no se apañaba bien para ver la pantalla del ordenador, con tanta luz. El sol es de esas cosas que a uno le dan ganas de despertarse, qué sería sin cosas como ésas para ir tirando. Esto lo pensaba mientras el ángel de la guarda se jugaba su dedo con unos calambrazos de impresión, misterios de la bonhomía de los ángeles de la guarda, que son seres que tradicionalmente no duermen ni piensan mucho en ellos mismos, igualito que las madres.
Abrió la ventana y entró un aire que le pareció a la vez cálido y fresco, misterios de la sinestesia, y que sin sinestesia ninguna le olió de maravilla, casi de rico como el café. Qué bien con ese aire, el sol, el café, incluso prescindidísimo, y el ángel de la guarda hecho un ovillo bajo el escritorio, con el dedo extendido y más luminoso que el de ET señalando su casa. Se trajo al alféizar la taza y la caja, asomó medio cuerpo y empezó a masticar. La ventana daba a un parque, qué lujo, y el ángel de la guarda lo agarró de un tobillo por si el muy imbécil estaba pensando en tirarse, no fuese que.
Pero nada de eso. Es que se besaban dos adolescentes de los que llevan la ropa más colgada que puesta, y lo hacían con tan indiferente pasión y con los pantalones tan caídos que a él le pareció que aquello era mejor que una película mientras masticaba pastas. Las pastas eran de coco, y a él le encantaba el coco. También le encantaba el amor, o mirar el amor, o lo que fuese eso que veía, que desde luego lujuria no era porque el chico tenía un brazo caído y la chica se rascaba el culo con una mano mientras con la otra atraía hacia sí la cabeza del chico tomada por los pelos de la nuca, pero sin tirar como para doler. Se estaban pirando el instituto, eso quedaba claro.
Mientras él masticaba pastas con medio cuerpo fuera y los mirlos picoteaban más allá, el ángel de la guarda se estiraba para poder agarrar con fuerza el tobillo y para poner el dedo en la fuente de alimentación, que esa mañana, fuese por obras o por conexiones y desconexiones de las centrales, misterios de la red, estaba sufriendo ataques voltaicos a más no poder. Subió un pie hacia el teclado y se dijo que ya bastaba de tanta espera y que no había tiempo que perder. Pulsó mi PC, le dio a disco C, y dejó abierta la ventana de archivos comunes. Un archivo punto doc, vistoso en medio de tanta rareza, decía léeme que soy Marga. Si así no se enteraba, el ángel pedía la baja como ángel de la guarda y se ponía a dirigir el tráfico celestial, que es donde van los ángeles de la guarda a los que les cae un expediente disciplinario. Esto no lo sabe casi nadie.
Los adolescentes se besaban sin prisa perdiéndose la clase de inglés, y uno de los mirlos que picoteaban más allá se dio cuenta de que alguien comía pastas con medio cuerpo fuera de la ventana de un cuarto piso, buena promesa de pillar algo más que algún gusanito, un mosco o alguna semilla dura. Se acercó algo apresuradamente, con alguna emoción y sin mirar. No vio que venía un coche y casi lo atropella de no ser porque su ángel de la guarda, que los pájaros también tienen, desvió un rayito de sol a un vidrio roto a su derecha y el destello lo distrajo el tiempo justo. Ajeno al milagro y dejando a un lado el cristalito, el mirlo se acercó a lo que imaginaba una lluvia de migas pero que no era tanto, pues el hombre, qué roñas, comía con una mano por debajo de la barbilla.
El ángel de la guarda de él, qué diablos, dio clic derecho y luego un fuerte clic izquierdo en abrir, qué diablos, ya era hora de que se enterase de que Marga quería que leyese y que supiese que ella no estaba con nadie y que estaba ya podrida de esperarlo sin saber si lo había leído y no quería o si seguía siendo aún más displicente de lo que era y era capaz de no haber visto el archivo tan ostentosamente escondido a la vista de un informático avezado. Qué diablos, menudo tirón del tobillo con todo, casi de verdad soy yo el que lanza por la ventana a este hombre y entonces sí que me paso la eternidad dirigiendo el tráfico en los cielos y chupando pitos y humo de gasolina ultraecológica.
Al hombre, qué traspié, se le fue media pasta para abajo, que al chocar con las baldosas de la acera se hizo trizas. El mirlo paciente puso los ojos como platos y se lanzó sobre el esparcido banquete. Tracatrá tracatrá, como en diez segundos se lo había comido todo y aún buscaba algún trocito más disperso cuando le vino un eructito: el coco es algo indigesto para los mirlos, que son aves recias y norteñas. El hombre, en menos de diez segundos, pensó que casi se mataba y le dio una patada a un cable, el primero que vio cerca de sus pies. La pantalla del ordenador hizo plas plas y se quedó colgadísima, pero sobre fondo azul y en letra pequeña se leía una carta de Marga. El mirlo, algo empachado, emprendió el vuelo y soltó un gorjeo con una extensión de octava y media. Qué tío. Los ángeles de la guarda se tiraban de los pelos.
Enrique Cuesta. Santiago, San Isidro del 2006
Fotografía: Revista Plaza de San Juan nº 15/Junio 2003
Colisión (Crash). Publicado en la revista Plaza de San Juan nº 26/Mayo 2006
Un manto anaranjado se extiende sobre la extraordinaria isla. Él se desembaraza del nudo entretejido por los trémulos brazos de Aaminah. Ella se desliza bajo el cuerpo extenuado de Patrick. Él perfila su vigorosa fisonomía con una esponja humedecida. Ella se deja empapar por el cálido manantial que arroja la ducha. Él recoge del suelo su vestimenta negra y se calza unas chanclas. Ella toma del armario un vestido ibicenco y también se calza unas chanclas. Un pasamontañas y una sterling británica para él. Un velo de colores y una lanza étnica para ella. Un minuto de memoria en soporte de vídeo para él. Una ocurrente instantánea en el móvil de Patrick para ella. Él se pone la mochila. Ella no llevará bolso. Él se lanza a la calle con la humedad de unos párpados pegada en los labios. Ella, por descuido, habrá perdido la oportunidad de sentir el calor del último beso. Él ya sabe que no volverá a verla. Ella desconoce que ya dejó de verle. Un negro pozo inyectado en sangre en los ojos de él. Un álbum de coloridos templos e imposibles paisajes en los ojos de ella. Él ansía poner los pies en el Paraíso. Ella cree estar acariciando el Paraíso. Traidores, antros y destrucción cercándole a él. Turistas, bares y bullicio envolviéndola a ella. Él quiere que el tiempo pase deprisa. Ella desea que su reloj se detenga esa noche. Una playa, una terraza y una mesa vacía ante él. La misma playa, la misma terraza y la misma mesa vacía ante ella. Él la ve. Ella le intuye. Su tez blanquecina, su cabello rubio y su mirada serena le imantan a él. Su piel oscura, su paso firme y una mochila a la espalda la incomodan a ella. Él se abalanza a abrazarla. Ella no puede moverse. Él sabe lo que va pasar. Ella presiente el peligro. Él lanza un clamor al cielo. Ella ha perdido la voz. Mesas, sillas, cristales rotos y restos de comida bajo el cuerpo de él. Ochocientos metros de arena blanca y fina bajo los restos de ella. Las destartaladas oficinas de un canal local recibirán la cinta de él. Una pared desnuda con el epígrafe missing albergará la foto de ella. Patrick saldrá a buscarla. Aaminah le esperará siempre. En unas horas el sol rasgará el grisáceo cielo y un día más coloreará a su antojo la extraordinaria isla.
22 de febrero de 2006
Abre los ojos (Publicado en la revista Plaza de San Juan nº 29/Marzo 2007)
Abre los ojos e instintivamente alarga un brazo para coger el despertador. Al hacerlo cae en la cuenta de que lleva parado varios días, y en que la fuerza de la costumbre le empuja a seguir repitiendo algunos gestos. Se gira consecutivamente sobre ambos costados, estira brazos y piernas, recuerda un instante la sonrisa de Rita y aparta a un lado la ropa de la cama. Su cuerpo, vestido tan sólo con un slip, queda al descubierto. El riguroso frío de diciembre, que ya se ha colado por todos los poros de la casa, rastrea la piel desnuda y se adhiere a ella como una fina capa de film adhesivo. Se incorpora buscando el resguardo de la alfombra, pero, al fijar los pies, tropieza con el desnudo terrazo. Emite un gruñido. Saca el albornoz de entre el ovillo de mantas –anoche lo dejó extendido a modo de abrigo–, se envuelve con él y se lo ajusta con un par de lazadas. ¿Será hoy el día?, se pregunta mientras trata de reconocer el dormitorio con un rápido vistazo.
Aún no ha amanecido y todas las estancias permanecen a oscuras. Avanza a tientas por el pasillo, presiona el interruptor del cuarto de baño y escucha el mismo clic de siempre. Ninguna bombilla responde a la orden. ¿De qué me extraño?, se dice a sí mismo. Primero fue el gas, luego la electricidad, más tarde la gasolina. Hasta perder a Rita... No sabe las reglas, ni cuándo ni cómo, aunque es bien sencillo: lo que era, un día deja de ser. Toma la palmatoria del suelo –ya no hay rastro de la bañera– y la coloca sobre la repisa del espejo. Todavía conserva algunos hábitos de higiene, aunque no sabe con qué motivo. Abre la caja de cerillas. Estamos de suerte, exclama, y lo dice de veras. Quién sabe: mañana puede que al abrirla no encuentre ni una. Frota el mixto y la llama humeante le devuelve una imagen que apenas distingue, que viene y se aleja sobre un fondo sinuoso. Inquieto, se busca la boca entre la espinosa barba. Al palpar la hendidura, respira bien hondo. Ha cogido aprensión a desvanecerse por partes. Más tranquilo, abre el grifo del lavabo, pero, como era de esperar, no cae una gota. Se desenmaraña el pelo con sus propias manos y, por hoy, le da fin al aseo.
Unas chanclas de playa y una gabardina. Es todo lo que ha encontrado en el armario. Quizás me detengan por exhibicionista, se carcajea en alto mientras con rabia golpea la pared del pasillo, que con su ayuda se está desmoronando a pedazos. El frigorífico le ofrece un yogur caducado y un tetrabrick con zumo de tomate. Al verlo tan vacío recuerda que ha de pasar por un súper, aunque, la última vez, el de al lado de casa no tenía más que unos cuántos paquetes de jabón de manos sobre la última balda. Se bebe el yogur a falta de cubiertos y da un par de tragos de la caja de zumo. Luego se viste y se lanza a la calle por el hueco de la puerta. Antes nunca habría salido de casa sin dar un beso a Rita, pero desde la mañana en la que al volver del baño no la encontró en la cama, ya no hay nadie de quien despedirse. Siempre soñando con no trabajar y ahora hasta le alegra acudir al banco, o a lo que encuentre en su sitio. ¡Malditas rutinas! Ayudan a vivir y todo, farfulla mientras intenta buscar un posible camino entre los vacíos solares. Ya está amaneciendo. Una niebla agradable va cubriéndolo todo. Por fin la avenida Carrington, o eso dice la placa tirada sobre la pista de tierra. El hombre solitario avanza decidido. Apenas se distingue su silueta a lo lejos.
4 de noviembre de 2006
CUENTO AMIGO. Lara Croft no es madre (Publicado por Enrique Cuesta en la revista Plaza de San Juan nº 31/Septiembre de 2007)
Dejo el nokia sobre la cama y echo una última mirada a la TFT. Ánade azulón macho; ánade azulón hembra. El ventilador de la CPU sofoca la soledad de las paredes. De un salto me calzo los levi strauss, las adidas, la kukuxumusu y las ray ban. Me miro al espejo esperando ver lo que veo. Paso un dedo sobre un mechón. La puerta. Clac clac. Ruedo por las escaleras. Noto el beneficio de la presa de piernas en mis cuádriceps.
El aire es caliente, ergo liviano. Por razones que se nos escapan nos parece pesado el aire caliente. Lo introduzco en mis pulmones. Seis litros y medio de avaricia. Lo devuelvo empobrecido en oxígeno, saturado de vapor de agua. Nada parece molestarse: el mundo se resigna ante el aumento de entropía. En frente, a la sombra, hablan calladamente unas mujeres. Dos hombres, a la sombra, comparten el silencio sucio de las palomas. Unos niños juegan. En silencio.
El sol emite su ruido mecánico, el estruendo lejano y electromagnético de sus llamaradas, el borborigmo de su núcleo remoto. Los árboles de la acera desaparecen a mediodía.
Camino hacia el parque de la música. Mi rolex marca las dos pasadas: en seguida será el meridiano. ¿Cómo se apañan las flores para soltar sus perfumes sólo a la caída de la tarde? La luz se presiente cegadora, el vello de mis brazos se humedece. Sonrío y pienso que mis dientes brillan. Me observan desde las ramas las metálicas cornejas. Les digo craaack. En voz baja. Me escuchan y se miran entre sí. Callan. Las fachadas de los edificios me devuelven el ruido de mis discretas pisadas. Sé que apenas toco el suelo, como un fred astaire sin gravedad.
Los patos descifran las orillas del estanque. Si un perro los molesta, el vigía grita. Todos, sin prisa, levantan un vuelo torpe y poderoso. Se concentran en la isleta. Son docenas. El perro, con toda la lengua a un lado de la boca, jadea esperando que vuelvan. Parece no considerar la opción de buscarlos a nado. El muy gilipollas. Paso tan cerca del perro que mi pierna roza su cola. A sus patas hay plumas. Contrastan sobre el verde. Yo contrasto ante el fondo tupido de los abetos.
Me coloco en la pasarela de troncos que cruza el desagüe, junto al cartel de prohibido pescar. Miro el agua por ver si hay peces. Nada. Miro la plana lámina que refleja el cielo sin buscar. No busco. Espero a Lara Croft. Mi corazón pasa de cuarenta y una a cuarenta y siete pulsaciones por minuto. Es por ella. Esa puta me acelera.
Ella, Lara, surge, aparece, se materializa del agua. Es agua que se convierte en cuerpo. Cuando llega a mi frente, ya está seca. Me mira desde esa distancia de agua y sus ojos le brillan. Me indica que la siga. Camino detrás de ella. Soy un patán. Nunca estaré a su lado.
Su cabello, castaño y liso, flota hasta el borde de su camiseta. Desde ahí, hasta el borde del pantalón, veo un gran trozo de su espalda, los hoyuelos del sacro, el nacimiento de la hendidura entre las nalgas. Ahí, un tatuaje de yin y yang me excita. Su culo se mueve como un rodamiento de acero sobre olas de mercurio. Pesa menos que yo, me digo, y me digo que mi polla va a estallar.
Se vuelve. Me agarra. Me atrae hacia ella. Mis labios se pierden en su boca. Sus brazos se cruzan tras mi espalda. Tira de mí. Inundo de semen mi entrepierna mientras mi lengua se confunde con la suya y golpea su paladar y sus dientes. Ella me mira como siempre, como se mira a un consentido chico malo. Me echa mano y me aprieta los cojones sin prudencia. ¡Ahora yo!, me urge.
Se lo hago. Su coño, oprimido por la cremallera, es una seda inalcanzable. Su pelvis gira y se revuelve. Yo le busco el vértice y ahí me detengo y me demoro. Ella me fuerza, me estruja. Siento dolor. Le aprieto en el justo ángulo. Caemos al suelo sin pesar. Sus piernas me rodean, me combaten. Viene y se va, me besa más profundo. Se muere de placer contra mis dedos adormecidos. Se descontractura como en estroboscopio. Me mira. Nos abrazamos hasta casi rompernos las costillas.
Imbécil que lees. Tú, imbécil. Sí, tú, imbécil. Presta atención a las palabras.
Sé que deseas a Lara Croft. Sé que quieres estar en ella. Te jodes, imbécil. No eres de Lara Croft, ella no es de ti. Lara Croft está conmigo. Lara Croft soy yo.
Enrique Cuesta. Santiago de Compostela, 5 de noviembre del 2006
Corregido el 23 de enero del 2007, con lluvia y frío
Cuando los árboles atacan (Publicado en el libro Microrrelatos bas primavera de 2007)
La tranquila comunidad de B. continúa conmocionada por el escalofriante suceso con el que se despertó ayer domingo. Así, los vecinos del parque lineal del río V. tuvieron que abrigarse más de lo acostumbrado al tirarse de la cama y comprobar que en sus casas bufaba el aire más que en la Sierra de G. Al parecer, todos los ventanales de los edificios que flanquean las riberas fluviales amanecieron íntegramente reventados. Ni un añico de vidrio se sujetaba en los marcos. Pero éste no ha sido el único incidente que sacudió a las convulsionadas víctimas. Vehículos destruidos, bancos arrancados, señales de tráfico enterradas boca abajo. ¿Que quién ha podido hacerlo? La respuesta llena hoy varias páginas de los diarios. Un descompuesto edil, descamisado y con un ojo cárdeno, intentó despistar al ansioso público: «Los jovenzuelos, que se exaltan con la primavera, pero todo está controlado». Y es que, aunque se veía venir, nadie ha previsto el remedio. Algunos testigos, que prefieren mantenerse en el anonimato, informaron que, durante estas jornadas de poda salvaje, varios árboles arrojaron al suelo a algunos operarios con sus estrenados muñones; otros, que diversos paseantes habrían sufrido zancadillas ocasionadas por numerosas raíces en pie de guerra. Si bien, lo más asombroso de todo ha sido contemplarles hoy, envarados y elegantes, en manifestación por el centro urbano. Aún resuena por las calles su proclama: «¡No más desmoche o veréis lo que es bueno!».
La Senda de los ciervos blancos e Hiperbreve (Publicado en el libro Microrrelatos bardeblás primavera de 2008)
La belleza no reside en la cadencia con la que los copos de nieve desdibujan los bosques conocidos, los silencian o los colman de sosiego. Lo realmente bello es aguardar el momento mágico en el que del inmaculado manto emergen maravillosas manadas de ciervos que se animan a la vida para irradiar un poco de luz en las noches oscuras. Cuando llega el albor abandonan su tranquilo transitar fundiéndose en la gélida alfombra. Las huellas que dejan sus pisadas, y que sólo alcanzan a distinguir las criaturas de bien, son conocidas como La senda de los ciervos blancos.
Lo que más me sorprendió fue lo liviana que parecía la Catedral cuando aquella bandada de pájaros se la llevó en su vuelo dejando a la ciudad sumida en el mutismo en el que había permanecido siempre.
Algún día entre 2002 y 2008
White Town (Publicado en la revista Plaza de San Juan nº 36/Septiembre de 2008)
Cada mediodía el pájaro metálico sobrevolaba la plantación de White Town. El zumbido del motor y la pequeña Portia tañendo alegremente la campana anunciaban la hora del almuerzo. Entonces, aliviados, soltaban las herramientas. Se enderezaban, se secaban el sudor y caminaban con paso lento hacia la cabaña. Antes de entrar, algunos se lavaban las manos en el pilón. Los días en los que el sol apretaba, los más jóvenes metían hasta medio cuerpo debajo del caño.
Ruth, la madre de Portia, servía pan, estofado, tortitas picantes. La cría se colaba como un pequeño roedor por entre las recias piernas de los hombres para rellenar los potos de agua fresca. «Vamos, Portia, échale un poco más a este pobre viejo», decía Steven. Por lo general, se comía en silencio, aunque a veces Ray, el menor de la cuadrilla, tarareaba con los ojos cerrados algún cántico tribal que estremecía el ambiente.
Había quien requería los cuidados de Ruth para aliviar las magulladuras de las manos. Portia contemplaba las heridas sin miedo y ayudaba a su madre con los vendajes. Su sonrisa tenía efectos balsámicos sobre los lastimados. Después, finalizadas las curas, vuelta al trabajo. Ignorar el dolor, encajarse el sombrero y adentrarse pesadamente en algún lugar inespecífico de la extensión blanca.
El crepúsculo anunciaba que otro día de labor llegaba a su fin. Unos cuantos emprendían en carreta la vuelta al calor de la casa. Los demás, los forasteros, cenaban en la cabaña para luego entregar los extenuados cuerpos a la reparadora tierra. A veces conseguían aplacar la melancolía con un buen trago de licor alrededor de una hoguera, siempre y cuando al viejo Steven no le diera por seducir a la luna con su armónica. Entonces, no había forma de escapar a la amenaza de la soledad y el desamparo.
Aquel mediodía contemplaron la caída en vertical del aparato. No había más plantación que White Town en miles de kilómetros a la redonda. En qué lugar emprendía el vuelo y qué destino pretendía, un día tras otro, eran preguntas que nadie había formulado en alto. Quizá el ruido inusitado de las turbinas o el olor a humo en el aire o el cántico quejumbroso de Ray. No faltaron avisos para la tragedia.
Con esa comunicación tácita de quienes saben lo que hay que hacer en cada momento, se agruparon y empezaron a caminar hacia el lugar de la caída, a unos dos kilómetros de la cabaña. Incluso Ruth y Portia siguieron a Steven y al resto de los braceros. El viejo, en cabeza, izaba una pala sobre el hombro. Correría de su cuenta organizar el trabajo. Nadie cuestionaba su autoridad en White Twon.
No precipitaron la marcha ni siquiera cuando avistaron la cola, separada unos trescientos metros del resto del cuerpo. Una garganta de tierra se abría a sus pies, demasiado profunda y espaciosa como para recuperar de una sola batida lo que, sospechoso e incierto, asomaba en aquel barrizal. Había llovido con ganas durante las dos últimas noches. El suelo estaba esponjoso y hambriento.
Bajo las indicaciones de Steven se abrieron camino en ese espantoso cementerio de chapas, fardos, pedazos de madera, plásticos incandescentes, restos esparcidos de carne... Con la caída del sol hicieron un alto para contabilizar lo recuperado en las incesantes acometidas. Se contaron a pares gafas, relojes, carteras, navajas y chapas de identificación. Para cuando Steven apoyó sus firmes posaderas en el asiento carbonizado del monoplaza con el fin de reorganizar la tarea, ya habían recuperado ochocientos veinte cadáveres,
y la noche aún se prometía larga.
30 de noviembre de 2005
Fotografía: Revista Plaza de San Juan nº 36/Septiembre de 2008